Porque el que canta bien, ora dos veces 

Según el diccionario de lengua española, formarse es: Preparar intelectual, moral o profesionalmente a una persona o a un grupo de personas. 

¿Pero prepararlas para qué? Para que cumplan bien la función que ejercen. Nosotros somos músicos y cantantes que servimos en la liturgia. ¿También necesitamos una formación? Pues busquemos lo que nos dice la Iglesia sobre la formación:

Sacrosanctum Concilium es la constitución del concilio vaticano II sobre la liturgia. Explica:  

“Dese mucha importancia a la enseñanza y a la práctica musical en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas; para que se pueda impartir esta enseñanza, fórmense con esmero profesores encargados de la música sacra. Se recomienda, además, que, según las circunstancias, se erijan institutos superiores de música sacra. Dese también una genuina educación litúrgica a los compositores y cantores, en particular a los niños. (SC 115)

 Aquí está una primera motivación; es un deseo de la Iglesia, que todos nos eduquemos conociendo la liturgia. Dice: “compositores y cantores”. Así que todos estamos ahí incluidos.

En este mes queremos animarlos a emprender un camino serio de formación en este verdadero ministerio que ejercen los cantores en la liturgia.

Recordemos los que decía Juan Pablo II en la carta a los artistas de 1999:

“La Iglesia necesita también de los músicos. ¡Cuántas piezas sacras han compuesto a lo largo de los siglos personas profundamente imbuidas del sentido del misterio! Innumerables creyentes han alimentado su fe con las melodías surgidas del corazón de otros creyentes, que han pasado a formar parte de la liturgia o que, al menos, son de gran ayuda para el decoro de su celebración”. 

En el canto, la fe se experimenta como exuberancia de alegría, de amor, de confiada espera en la intervención salvífica de Dios.

Después de leer esto, tenemos suerte de tener tantos músicos que se entregan todos los días por un mejor servicio, sin embargo, no es suficiente. Nos sentimos con el deber de contribuir a su desarrollo musical, espiritual, humano y pastoral.

La misión que hemos recibido de vigilar el cumplimiento de las acciones musicales en el culto, produce la responsabilidad y el deber de formación para cumplir este servicio del pueblo de Dios.

En la practica hemos encontrado 4 tipos de músicos de la liturgia. 

1. Los inconscientemente competentes:

Son aquellos que, sin saberlo, tienen las cualidades, las aptitudes, las disposiciones para ser verdaderos cantores y músicos de la liturgia. No se dan cuenta que, con una buena formación, serían excelentes servidores de la música litúrgica. No piensan ustedes en todos aquellos amigos músicos y se dicen: “¡ay! si este hermano cantara en la liturgia, cuánto bien hiciera”. Pues son estos los “inconscientemente competentes”. 

2. Los inconscientemente incompetentes:

Son aquellos que sirven en nuestra liturgia, pero en realidad no están llamados a este servicio. No se dan cuenta que no están preparados para este ministerio. Creen que lo hacen bien y no. Y no me digas aquello de: “yo le canto es a Dios”, porque aquí no vale esa excusa. Para cantar en la liturgia debes saber cantar; es lo básico; para tocar un instrumento en la liturgia debes saberlo hacer. ¿Se imaginan que los que proclaman la lectura de la palabra de Dios dijeran: yo le leo es a Dios, y tropiezan leyendo, no hacen los signos de puntuación, y son una verdadera tortura para todos los que están ahí presentes? Pues eso nos puede pasar a nosotros los músicos también. Y no sólo en el plano musical, puedes ser un buen músico, pero si te falta humanidad, trato con los hermanos etc, pues querido amigo o amiga, este no debe ser tu ministerio. Pero el error de estos es que creen que si. No tienen conciencia que no son para el canto o la música. Estos son los “inconscientemente incompetentes”.

3. Los conscientemente competentes:

Estos pareciera que son los ideales. Porque son los han recibido alguna formación o se han formado por su cuenta y son consientes que tienen cualidades y las bases suficientes para servir en la liturgia.  Son los que saben que todo lo hacen bien. Y aquí puede haber un riesgo. Creerse los únicos, los dueños de la liturgia y los jueces de los que aún no han aprendido. Un ejemplo de estos músicos son los que creyendo que ya lo saben todo, viven en la soberbia de que nadie les puede enseñar nada nuevo, porque con competentes y no hay nadie como ellos. Hermanos, la idea es que todos seamos competentes en nuestro servicio, pero no olviden que a quien más se le da, más se le exige.

4. Los conscientemente incompetentes:

Y por último, tenemos a los que reconocen que no tienen las capacidades suficientes y se esfuerzan para formarse, aprender, perfeccionarse porque son consientes que aún no lo saben todo pero quieren aprenderlo hasta volverse competentes para servir en la liturgia. Pienso que estos son los más sanos y a estos está dirigida esta formación. Por supuesto que si eres de los otros tres grupos estás invitado, pero es difícil integrarlo a una verdadera experiencia de servicio. El primero no le llama quizá la atención, aunque podría acceder. El segundo caso, la terquedad no permite reconocer la incapacidad, aunque si esa persona es humilde, podría integrarse a una formación; el tercer caso, nada que hacer porque la persona lo sabe todo. Pero en este cuarto caso, podría ser posible integrar a todos los que quieren servir mejor.

Después de esto debemos reflexionar sobre cual de estas tres realidades pertenecemos y examinar con lucidez los puntos a mejorar en nuestro servicio musical, porque más que en otro lugar, aquí la buena voluntad no es suficiente.  

Una vez hecha esta evaluación debemos destacar cuál es el tipo de formación que nos hace falta: humana y espiritual, litúrgica, técnica o pastoral y buscar los medios para fortalecer eso que nos hace falta como músicos de la liturgia. Nosotros queremos proponerles las competencias en las que deben estar formados los músicos de la liturgia; es nuestro deseo que todos nos formemos bajo tres grandes dimensiones: Saber, saber hacer y saber ser.

SABER

  • Lógicamente lo básico es que sepa de música, de canto, de armonía, de técnica vocal e instrumental, del arte de la salmodia, de canto coral, canto solista, bases para la composición como la armonización, arreglos, manejo de textos litúrgicos. Pero la técnica musical no es todo. También el músico de la liturgia debe tener unos sólidos conocimientos de la liturgia y sus ritos. Para esto, el acercamiento a los textos del magisterio y a los documentos de la Iglesia serán de gran ayuda.

SABER HACER

  • Aquí el músico va profundizando su servicio y lo ve más allá del plano musical; por eso debe tener la cualidad de la escucha, la organización para ensayar, enseñar a otros, saber hacer un repertorio litúrgico teniendo en cuenta el tiempo, la asamblea y las circunstancias ( a eso le llamamos discernimiento pastoral); el músico debe ser capaz de desarrollar su creatividad componiendo algunos cantos basado en los textos litúrgicos, y ejercitando todas las formas musicales que existen en la música sagrada.

SABER SER

  • Aquí el músico de la liturgia, descubre con claridad su carisma personal en el canto, en la composición, en el canto coral, como salmista o como animador de una comunidad. Debe ser un cristiano que lucha por llevar una vida de acuerdo al ministerio de presta. Aquí es donde nos diferenciamos de los otros músicos del mundo porque un músico de la liturgia debe saber esforzarse por ser: humilde, disciplinado, tener espíritu de colaboración, desprendimiento, lealtad, liderazgo, responsabilidad de grupo, y aquí podríamos nombrar innumerables cualidades que debería tener un cristiano que sirve en la liturgia a través del canto. El músico al servicio de la liturgia hace parte de la asamblea. Sean cual sean las convicciones personales, él debe respetar el carácter propio de la asamblea comprometiéndose a hacer vivir el proyecto de la Iglesia; él está al servicio de la oración del pueblo de Dios y por lo tanto de una dimensión que lo supera. Y algo muy importante: debe ser capaz de respetar el silencio en las celebraciones y diferenciar entre su rol como músico ante un concierto y ante un misterio de fe que se celebra en la liturgia. El músico formado debe ver su ministerio como un servicio evangelizador que abre los corazones de quienes lo escuchan a la acción de Dios.

Retomando que es una bendición para a Iglesia tener músicos, hay que tener conciencia también que también es una bendición para nosotros los músicos poder desarrollar nuestros talentos con y en la Iglesia. Porque la Iglesia es el lugar privilegiado para la práctica musical colectiva y frecuente con un repertorio vivo.

 ¿Y después de todo esto, te animas a formarte?

Te invitamos para que visites nuestro sitio web y descubras muchos elementos para que te formes y fortalezcas tu ministerio musical.

Por Padre Gabriel Alarcón

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