Porque el que canta bien, ora dos veces 

Parece un poco contradictorio que hablando de música y canto, hablemos del silencio. Los silencios son los signos que representan la ausencia de sonido. En la música, el silencio tiene la misma importancia expresiva que el sonido. Al igual que hay sonidos cortos y sonidos largos, hay silencios cortos y silencios largos. En la música, al igual que en el habla, es importante pararse para respirar.

Sin embargo, cuando se habla del canto y de su relación con la liturgia, la cuestión del silencio es inevitable. Entonces, el silencio hace parte integrante del acto litúrgico y de toda acción musical y esta experiencia es necesaria para que el canto tome toda su importancia.

La experiencia del silencio

El canto litúrgico es fundamentalmente palabra inspirada por la Palabra de Dios. Cristo, Verbo encarnado y Palabra de Alianza, nos hace ver a través de su misterio pascual, que el silencio, el silencio de Dios en el lenguaje de la cruz, no puede ser separado de la Palabra de Dios. Dios habla en su aparente silencio.

El silencio del sábado santo no es vacío; él es signo de una espera y de una esperanza. Dios continúa su obra de salvación. Para el cristiano, el silencio es un lugar especial donde Dios actúa y privarse del silencio es privar a Dios de una parte de su acción. Así mismo, en un mundo donde todo no es más que ruido, querer un momento de calma y de silencio es muy importante, como una manera de equilibrar la vida. 

En la liturgia, pasa lo mismo:

Tenemos esa tendencia a multiplicar las palabras y los cantos como si el silencio fuera inútil y causara miedo. Todo lo contrario; él alimenta la participación activa. Igual que el canto, el silencio construye la comunión eclesial.  Es el fruto perceptible de una oración alimentada por la Palabra de Dios o de una actitud interior que prepara la asamblea a escuchar el Señor, o a dirigirle una oración, o a recibir el don de su vida. El silencio viene de esa experiencia espiritual que él mismo enriquece.

“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado”. (SC 30)

Canto y silencio

La primera actitud que hay que tener, consiste en ponerse sí mismo en silencio incluso al inicio de la participación en la liturgia. Nosotros tenemos en este punto muchas cosas a analizar.  

Por ejemplo: ¿cómo puede una coral por sus cantos disponer una asamblea al encuentro del Señor si los propios miembros del coro son los primeros en no tomarse el tiempo de una preparación silenciosa?  Y ni hablar de todos los demás que sirven en la liturgia que están corriendo y agitados justo antes de la celebración, en lugar de abrirse a la presencia del señor y se olvidan que por ellos Dios habla a la asamblea reunida.

Momentos indicados

A parte de este tiempo que precede la liturgia, existen otros momentos necesarios que permiten necesariamente respirar: antes de una oración, la proclamación de la Palabra, la fracción del pan, el credo.  En relación al canto, el silencio tendrá lugar antes de cantar la preparación penitencial, que permite a cada uno tomar una buena actitud espiritual.

El primer momento particular donde el silencio es prescrito, es la preparación penitencial. “Después el sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve pausa de silencio, se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad…” (IGMR 51)

Redescubrir este aspecto en la liturgia es muy importante.

De hecho, cuando cantamos no se trata del sonido o de llenar un vacío. Se trata de llevar una asamblea a un encuentro interior.   El silencio le da al canto toda su plenitud, ofrece espacios de respiración a esas liturgias en las que tenemos tendencia a cantar excesivamente. Él abre los corazones al misterio del encuentro con el Señor y une en un solo corazón la liturgia de la tierra con la liturgia del cielo.

Fuente:  liturgie.catholique.fr