Porque el que canta bien, ora dos veces 

J. Ratzinger, en El espíritu de la liturgia, nos recuerda cómo el Espíritu Santo enseñó a cantar a David y por medio de él a Israel y a la Iglesia. El canto es la nueva lengua que procede del Espíritu en donde tiene lugar la “sobria embriaguez” de la fe en cuanto que supera las posibilidades de la mera racionalidad. Cristo y el Espíritu son inseparables, por lo que necesariamente los cánticos inspirados nos conducen a Cristo quien nos ha dado el Espíritu que a su vez nos permite dirigirnos a Dios como Abbá, Padre. Es un círculo trinitario perfecto en el que el canto es vehículo de comunicación entre las tres personas de la comunidad trinitaria y nosotros, su pueblo.

La primitiva comunidad cristiana es heredera de esta tradición siendo continuamente exhortada a dirigirse a Dios con cantos:

«Con el corazón agradecido cantad a Dios salmos, himnos y cánticos inspirados.» (Col 3,16); «Cantad y celebrad interiormente al Señor.» (Ef 5, 19).

Probablemente se trata de los tres cánticos evangélicos que la Iglesia reza en la Liturgia de las Horas: el de María (magnificat), el de Zacarías (benedictus) y el de Simeón (nunc dimittis) así como de los numerosos cánticos que se recogen en el resto de escritos del Nuevo Testamento (cartas paulinas y Apocalipsis). Podríamos decir que era su “cantoral litúrgico”, con el que rezaban y cantaban a Dios en sus asambleas.

En nuestras celebraciones litúrgicas hemos heredado toda esta riqueza, especialmente en la Liturgia de las Horas, pero también en la eucaristía, en la que además del canto de los salmos hemos incorporado otras aclamaciones de la primitiva comunidad cristiana como el “maranathá”(¡ven, Señor Jesús), el “kyrie” (Señor, ten piedad), el “Gloria” o el “amén” (que en palabras de san Jerónimo, «explotaba como un trueno».)

Fuente: musicaliturgia.wordpress.com