Porque el que canta bien, ora dos veces 

Para hablar del canto litúrgico en la tradición cristiana, primero debemos afirmar que, el canto litúrgico no es una invención moderna. Las exigencias por cantar bien va más allá de cumplir unas normas o de decir qué es litúrgico y qué no. La experiencia que la Iglesia tiene hoy del canto y la música litúrgica está arraigada a la  historia de un pueblo que ha caminado por siglos cantando bien las maravillas de Dios. Por eso queremos compartir este primer artículo en el que descubriremos cómo la acción de Dios se va volviendo canto y así expresando la experiencia no de una persona sino de una comunidad que cree. 

 Como la celebración en la que una asamblea se reúne para la escucha la Palabra, es expresión del diálogo entre Dios y su pueblo, en este diálogo, la iniciativa y la primera palabra viene de Dios. Ahora bien, toda palabra espera una respuesta. En la liturgia, la respuesta comunitaria se concretiza en el canto y la oración. (SC 33; 84). 

La experiencia de la música y el canto en el Antiguo Testamento

El A.T. ofrece muchos ejemplos de canto, particularmente en los títulos de los Salmos en los que se suele indicar el tono, los instrumentos, el compositor y el intérprete. (Salmo 32; 65; 68; 95; 150; Ex 15, 1-19; Jc 5; Jos 10, 11ss). Los escritos bíblicos han conservado el nombre de los cantores y salmistas célebres que solemnizaban las celebraciones en el templo de Jerusalén como Asaf, Hemián, Etán y Jedutum. (1 Cr 15, 16-24; 25,1)

  • La música cumplía un papel importante en el templo.

El libro de las crónicas relata cómo organizó el rey David el coro y la orquesta del templo para que cantaran y tocaran música de fiesta. (1 Cr 15, 16-24). La danza incluso se consideraba como expresión gozosa de alabanza a Dios. (1 Cr 13, 8). 

Se cantaba en las sinagogas, en las diversas celebraciones, en las peregrinaciones a Jerusalén, en las casas, incluso en el exilio. Samuel por ejemplo abrió una escuela de músicos. (1 Sm 1, 16-23). Los salmos eran cantados por todos. Los cantores eran acompañados de instrumentos musicales y ocupaban un lugar especial en las celebraciones. (Sal 68, 25-27).

A pesar de que en ciertos momentos de la historia del pueblo de Dios los profetas condenaron algunos instrumentos y cantos en el culto ( Is 5, 12; 16,11;23,15; Ez 26,13), el común sentir del pueblo apuntaba en dirección opuesta. Nehemías, el reformador, cuenta cómo se celebró la solemne consagración de la reconstrucción de los muros de la ciudad de Jerusalén: dos coros inmensos de cantores desfilaron cantando en procesión, unos por la derecha, otros por la izquierda, acompañados por una gran orquesta. (Ne 12, 27-43). 

El pueblo cantaba y al cantar, oraba y oraba porque cantaba bien. Es decir que su canto era experiencia de fe. 

La experiencia de la música y el canto en el Nuevo Testamento

Los evangelios atestiguan la presencia del canto en la Liturgia en los bellos cánticos como el Magnificat, el Benedictus, el Nunc dimitis y el antiquísimo himno del Gloria (Lc 1, 46-55; 1, 58-79; 2, 29-32; 2, 10; 2, 13-15). Jesús mismo en sus parábolas resalta el canto (Lc 15, 25) y, en su entrada mesiánica a Jerusalén, el pueblo cantó el Hosanna. Con seguridad cantó la bendición y acción de gracias de la Cena Pascual, en cuyo ambiente instituyó la Eucaristía. Ciertamente Jesús entonó el himno del Hallel (Mt 26, 30). El canto, desde Jesús, está injertado en el corazón mismo de la liturgia como expresión privilegiada de alabanza y acción de gracias. 

San pablo pide a sus comunidades cantar con corazón agradecido a Dios salmos, himnos y cánticos inspirados. Una y otra vez, en sus repetidos saludos y exhortaciones el Apóstol se refiere al canto en las celebraciones (Col 15, 19-20; 3, 16). El libro de los Hechos nos relata cómo Pablo y Silas, en la cárcel de Filipos oraban y cantaban himnos a Dios (Hch 16,25). 

En los otros libros encontramos himnos cristológicos de gran valor (Flp 2, 5-11; Col 1, 15-20; 1 Tm 3, 16; Tit 2, 11-14) e himnos bautismales (1 P 1, 3-5; 2, 22-25; Ef 5, 14; 2 Tm 2, 11-13). Mención especial merece el Apocalipsis, donde el canto y la música tienen gran relevancia. Se habla del canto nuevo entonado por la Iglesia universal (Ap 5,9.10.12), integrada por todas las razas y naciones (Ap 7, 1-12). El Apocalipsis expresa continuamente la novedad escatológica: cielos nuevos y tierra nueva, canto nuevo, canto universal de los redimidos, canto del Reino realizado en plenitud (Ap 21, 1.4). 

Fuente:

«Orientaciones para el canto y la música en la liturgia», Revista de actualidad litúrgica de la Conferencia Episcopal de Colombia, número 46, marzo del 2003

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