Porque el que canta bien, ora dos veces 

¿Por qué Dios no necesita de nuestra alabanza? La respuesta la encontramos en uno de los prefacios de la santa Misa. Los prefacios son un prólogo solemne de la acción de gracias (Eucaristía en griego) dirigida al Padre. Es introducido por el diálogo «Sursum corda» (Levantemos el corazón) y conduce al canto del Sanctus.  

Todos los prefacios contienen la misma estructura: 1) Un reconocimiento de la alabanza al Padre por Cristo nuestro Señor; 2) El motivo de la acción de gracias que identifica la celebración; 3) la introducción al Sanctus. 

Lo que varía en cada prefacio es el motivo de la acción de gracias, que es la parte central y constituye una sublime expresión del misterio celebrado. 

El prefacio común IV se llama: «Nuestra misma acción de gracias es un don de Dios». Él contiene una fórmula que nos toca a nosotros músicos de la liturgia. Aquí el texto del prefacio:

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.

V/.   Levantemos el corazón. R/.

V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.

En verdad es justo y necesario,

es nuestro deber y salvación

darte gracias siempre y en todo lugar,

Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Pues aunque no necesitas nuestra alabanza,

ni nuestras bendiciones te enriquecen,

tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias,

para que nos sirva de salvación,

por Cristo, Señor nuestro.

Por eso,

unidos a los coros angélicos,

te alabamos proclamando llenos de alegría:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.

Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Hosanna en el cielo.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

Hosanna en el cielo.

Dios no necesita nuestra alabanza

Esta expresión de la liturgia debemos tenerla siempre en mente. Nuestros cantos no son necesarios para Dios. Dios no necesita nada de nosotros. Aunque lo hagamos con todo el amor del mundo y con toda la dedicación, debemos saber que nuestro servicio es una entrega humilde como una ofrenda que se deposita en el altar. Es Dios quien decide si la recibe o no. Esto nos hará servir de manera más humilde en la liturgia y no con la falsa idea de que somos indispensables en el culto divino.

Servir a Dios en la liturgia y a través del canto es un acto humilde y no una muestra de la grandeza nuestra. Al fin y al cabo él no necesita nuestra música ni nuestros cantos. 

Nuestras bendiciones no enriquecen el misterio de Dios

Nuestros cantos, alabanzas y bendiciones no agregan nada a su misterio divino. Nada de lo que hagamos en bien o mal no beneficia ni perjudica a Dios. Dios es inmutable. Él es, el que es. De nuevo, todo lo que hagamos es un acto de entrega, de donación y sacrificio, pero no cambia en nada su realidad. Convenzámonos de que el canto en la liturgia es importante para nosotros, para nuestra ayuda espiritual, participar y entender mejor lo que celebramos.

Por eso, si tú dices: «Yo canto es para Dios» no olvides esto: «Dios no necesita de nuestras alabanzas», pero tus hermanos, tu comunidad y tú mismo sí.  Por lo tanto, sé humilde y reconoce que la liturgia no es tuya, ni los cantos de la misa. Son de una asamblea que eleva a Dios su acción de gracias sin ninguna pretensión. 

Dios es quien inspira nuestros cantos

Por supuesto que es Dios quien nos inspira, quien nos ha dado el don de cantarle, de alabarle, de bendecirle. Aquí es donde empezamos a comprender cuál es el verdadero orden de las cosas. Reconocerlo como el autor de nuestros cantos, de nuestras alabanzas, de nuestras súplicas es el primer paso para reconocerse un músico de Dios. No es porque cantes para Dios o para la liturgia. Cantas porque él te ha dado un don. Esto lo olvidamos porque creemos que todo lo que tenemos ha sido porque nosotros lo hemos alcanzado. Tú cantas, tú respiras, tú te mueves, porque Dios así lo quiere, no porque sea decisión tuya.  Reconoce que el don es de Dios, incluso es él mismo. 

Nuestra acción de gracias Dios la hace suya

No es que a Dios le de igual si cantamos o no. Él escucha nuestras súplicas y oraciones, al igual que nuestros cantos. Él recibe nuestras alabanzas como una ofrenda. Como nuestro Padre, nos escucha porque somos sus hijos. Él no nos deja en el sin sabor de la alabanza sin respuesta. Él se alegra por nuestros cantos, porque sabe que es la manera de expresarle lo que creemos y sentimos, pero no alteran su ser de Padre. No dejes de cantar a Dios. Canta como un hijo a su Padre para que esa acción de gracias, esa alabanza, ese canto llegue a sus oídos y sea agradable a su presencia.  

Los cantos son por nuestra salvación

La razon de cantar a Dios a través de la liturgia o en la oración personal como ya lo dijimos, no es por él, es a él pero para beneficio nuestro. Nosotros sí necesitamos que algo cambie, se transforme o se profundice a través el canto. Dios no. Por eso es que nuestros cantos tienen sentido, porque necesitamos que él inspire nuestras palabras y nos permita clamar por nuestra salvación. 

Este prefacio es muy importante para el ser del músico de la liturgia. Sigue cantando querido amigo y amiga.  Reconoce que lo que haces es gracias a un don recibido por Dios que te inspira para poder elevar tus alabanzas a él porque necesitas de su amor, su gracia y su acción poderosa en tu vida. Por eso cuando vuelva a venir a ti esa tentación de decir “yo le canto es a Dios” creyendo que es lo único que importa , piensa que él no necesita tu canto, sino una actitud humilde de servicio a la comunidad y a Dios para el bien de tí mismo y de la Iglesia. 

Por P. Gabriel Alarcón.

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